Carta de amor a una desconocida

Esta carta está escrita para una desconocida incompleta. Le falta una persona. Yo

Carlos Cobo

6/30/20264 min read

Hace casi un mes que no escribo. No porque me falten palabras. Quizá porque me sobran silencios. Llevo semanas mirando el teclado.

No me nace contar ninguna historia. Al menos, por ahora. Tal vez las historias necesitan vivirse antes de escribirse y, últimamente, la vida ha decidido concederme una calma poco habitual. O quizá exista una relación extraña entre la felicidad y la escritura: cuando todo encaja, las palabras dejan de reclamar su sitio.

Hace unos días, mientras intentaba poner un poco de orden en mi vida encontré un escrito.

Lo había redactado un chico de casi dieciséis años, en abril de 2010. Lo abrí con curiosidad. Y para mi sorpresa, me encontré.

No al mismo hombre, porque dieciséis años dejan demasiadas cicatrices, demasiadas despedidas y alguna que otra alegría como para seguir siendo el mismo. Pero sí encontré una manera de mirar el mundo que, para bien o para mal, todavía sigue viviendo dentro de mí.

Hay algo profundamente reconfortante en descubrir que el tiempo puede cambiarte sin traicionarte. Que debajo de todas las versiones que has sido, sigue respirando el muchacho que un día decidió escribirle una carta de amor a una desconocida.

No recuerdo quién era.

Tampoco recuerdo a muchas de las mujeres de las que juré estar perdidamente enamorado.

Supongo que la memoria tiene la elegancia de borrar los nombres y conservar únicamente aquello que realmente importó.

Todos nos hemos enamorado antes de una idea que de una persona.

Sea como sea, dieciséis años después creo que esta carta merece salir del cajón.

Antes de empezar, permitidme una advertencia.

El muchacho que vais a leer era insoportablemente intenso. No levantaba un palmo del suelo y ya pretendía explicarle al mundo cómo funcionaba el amor.

Pensándolo bien…

Eso tampoco ha cambiado tanto.

Querida desconocida:

No me conoces, para mi desgracia, estoy casi seguro de que nunca llegaremos a conocernos. Yo apenas soy un chico que empieza a descubrir el mundo y tú, ya eres una mujer hecha y derecha.

Te imagino trabajando en uno de esos edificios enormes donde todo el mundo parece caminar deprisa y los hombres llevan trajes.

Más de uno te dirá que eres la mujer más hermosa que ha visto en su vida. Algunos conseguirán que les creas.

Pero, ¿sabes una cosa?

No siempre será verdad. Lo sé porque una vez escuché a uno de esos hombres decir que el secreto para conquistar a una mujer estaba en el oído.

“Dile exactamente lo que quiere escuchar. Nunca falla.”

No he conseguido olvidar esa frase. No porque me parezca inteligente. Todo lo contrario. Me dio algo de miedo descubrir que existen adultos capaces de utilizar las palabras únicamente para conseguir aquello que desean.

Si algún día llego a enamorarme de verdad, espero no parecerme nunca a ellos.

Hay quien dice que el amor aparece cuando dos personas se encuentran.

Yo creo que llega mucho antes. Tú y yo ya nos hemos cruzado. No me has visto, yo tampoco he llegado a verte. Solo recuerdo tu espalda alejándose entre la gente y el rastro de tu perfume quedándose conmigo mucho después de que desaparecieras.

Es curioso, nunca he visto tus ojos y, sin embargo, llevo horas imaginando lo que dicen.

Nunca he escuchado tu voz y ya me pregunto si hablas deprisa cuando estás nerviosa.

No me has dicho tu nombre y, aun así, me parece el más bonito del mundo.

Supongo que enamorarse empieza reservando un lugar en la propia vida para alguien que todavía no tiene sitio en ella.

No me preguntes cómo eres físicamente, prefiero no saberlo, mientras ignore tu rostro, todavía puedes ser cualquier cosa.

La belleza es un accidente, el deseo, en cambio, es una elección o al menos eso me dice siempre un hombre al que admiro profundamente.

Quiero admirar a una mujer cuya inteligencia sea capaz de desnudarme mucho antes de que lo haga su cuerpo. No me interesa la pasión que termina cuando amanece. El verano pasado me quité la virginidad y la verdad, no hubo pasión, tampoco amanecer a su lado.

Me interesa la que obliga a dos personas a seguir hablando cuando ya no queda nada, cuando el sueño aprieta y cuando ninguno de los dos tiene razón, pero los dos siguen disfrutando de la conversación.

Contigo, incluso un viaje imposible me parece un destino cercano. Quizá sea ridículo que un chico de dieciséis años escriba esto a una desconocida, pero también me parece ridículo ver a tantos adultos besarse sin mirarse. Abrazarse sin sentir. Prometer sin creer. Y llamar amor a la costumbre.

Si algún día llegas a mi vida, no quiero conquistarte. Se conquistan las ciudades, los imperios, pero a una mujer…

Una mujer debería elegir quedarse. Y, si alguna vez eliges hacerlo, me conformo con una sola cosa. Que un día te sientas cómoda como para bajar la guardia delante de mí. Que mis silencios te parezcan un lugar seguro.

No aspiro a ser el hombre que consiga enamorarte, tengo dieciséis años; bastante tengo con intentar entenderme a mí mismo. Solo quiero ser alguien junto a quien nunca tengas que fingir que eres otra persona.

Puede que dentro de unos meses relea esta carta y me avergüence de cada una de sus líneas.

O puede que, cuando sea mayor, descubra algo mucho más extraño.

Que aquel muchacho que apenas empezaba a vivir entendía el amor mejor que el hombre en el que terminó convirtiéndose.