Dos putas y un piojo

Carlos Cobo

4/26/20263 min read

Permítanme presentarme.

Me llamo Mateo, pero los humanos me llaman piojo. Uno pequeño, discreto y, comparado con casi todos vosotros, extraordinariamente honesto.

Os pongo en contexto, de lo contrario no entenderéis nada.

Vivo en Mara.

No “con” Mara.

“En” Mara.

Conviene matizarlo, porque una cosa es compartir espacio y otra muy distinta conocer de verdad a alguien.

Yo la conozco.

He sentido sus migrañas antes de que ella les pusiera nombre.

He notado cómo aprieta la mandíbula cuando un hombre la llama “cariño” demasiado pronto.

He sobrevivido a noches de laca barata, cigarrillos tristes y pensamientos que pesan más que cualquier cliente.

Mara no siempre fue Mara.

Antes fue otra cosa.

No sé exactamente qué, porque los humanos tienen la costumbre ridícula de cambiarse el nombre mucho después de haberse perdido.

Pero sé reconocer una nostalgia cuando me alimento sobre ella.

Lola, en cambio… Lola es distinta.

Aprendió antes.

Lola no espera ser salvada.

No se hace preguntas peligrosas después de las tres de la mañana.

Lola entendió algo esencial: si el mundo va a usarte, más vale cobrar bien.

Y sin embargo…

Las noches en que Mara duerme cerca, incluso Lola se queda mirando fijo a algún punto de la pared como si allí hubiera dejado enterrada una versión más joven de sí misma.

No hablan mucho de eso.

Las prostitutas, he descubierto, hablan menos de sí mismas que casi cualquier persona.

Hablan de precios.

De hombres.

De zapatos.

De policía.

De otras mujeres.

Pero de ellas…casi nunca.

Supongo que porque mirarse de verdad debe de ser carísimo.

La calle, como siempre, huele a fritanga y a decisiones aplazadas.

La farola parpadea.

Mara dice que esa luz le deprime.

Lola dice que al menos así nadie les ve bien las arrugas.

Y ambas se ríen.

No porque haga gracia.

Sino porque a veces la risa no es felicidad.

Es defensa personal.

Esta noche hace frío.

Lo noto porque Mara se rasca menos.

Eso siempre significa algo.

-¿En qué piensas? -pregunta Lola.

Mara tarda en responder.

-En nada.

Mentira.

Yo vivo aquí.

Yo las noto todas.

Piensa en una niña de unos doce años con uniforme escolar.

Piensa en una madre cansada.

Piensa en una maleta.

Piensa en una estación de autobuses.

Piensa, sobre todo, en el momento exacto en que una vida empieza a parecerse demasiado a otra de la que querías escapar.

Pero dice “nada”.

Porque “nada” es más barato.

Lola asiente como si la creyera.

No la cree.

Solo respeta el esfuerzo.

A veces pienso que la verdadera intimidad entre ciertas personas no consiste en confesarse la verdad… sino en permitirse la mentira sin hacer preguntas.

Pasa un coche.

No se detiene.

Pasa otro.

Tampoco.

El tiempo se alarga.

Y aquí viene una de las grandes tragedias de este oficio, una que ustedes no suelen imaginar:

No siempre duele cuando alguien te compra. A veces duele más cuando nadie lo hace.

Porque entonces aparece la pregunta.

La dolorosa pregunta.

“¿Sigo valiendo?”

Y esa, es una cuestión que puede destruir más deprisa que cualquier cama.

Mara se recoloca el abrigo.

Lola se retoca el pintalabios usando la pantalla rota del móvil.

Dos rituales distintos para la misma guerra.

Entonces Mara dice, casi sin querer:

-¿Tú alguna vez pensaste que ibas a acabar así?

Silencio, de esos reflexivos.

Lola no responde enseguida.

Y eso… eso sí que me sorprende.

Porque Lola siempre tiene una respuesta.

Aunque sea falsa. Aunque sea cruel. Aunque sea ambas cosas.

Pero esta vez no.

Esta vez tarda.

- No, pensaba que iba a acabar peor. - dice al final

Y ahí está.

La frase.

Seca.

Perfecta.

Brillante.

Mara se ríe.

Pero esta vez sí duele un poco.

Yo me agarro bien, porque cuando Mara se ríe así, a veces también tiembla.

-¿Y tú? - pregunta Lola.

Mara mira la calle.

No a la calle realmente.

A ese lugar imaginario donde aún vive la persona que creyó que tenía más opciones.

-Yo pensaba que aún me quedaba tiempo.

Ah, mierda.

Eso sí que es peligroso.

Porque hay dos tipos de tristeza:

La de haber perdido algo y la de darte cuenta de cuándo exactamente lo perdiste.

La segunda suele pudrir más.

Nadie dice nada durante un rato.

Ni falta que hace.

A veces el dolor bien colocado tiene mejores modales que las palabras.

Yo observo.

Siempre observo.

Y comprendo algo que quizá ustedes no:

Estas mujeres no venden placer.

No realmente.

Venden la ilusión de que durante veinte minutos nadie está completamente solo.

Y eso, sinceramente, dice más de ustedes que de ellas.

Un hombre se acerca al final de la calle.

Camina hacia ellas.

Lola se endereza.

Mara respira hondo.

Las máscaras regresan.

Profesionales.

Hermosas, incluso.

Pero yo sé.

Yo siempre sé.

Sé que debajo del carmín hay cansancio.

Debajo del sarcasmo hay cálculo.

Debajo del cálculo hay miedo.

Y debajo del miedo…

Bueno. Debajo del miedo, a veces, todavía queda una persona.

El hombre levanta la mano.

Lola sonríe.

Mara también.

Y allá vamos otra vez.

El teatro abre.

Yo me quedo en primera fila.

Después de todo… no hay criatura más fascinante que un ser humano intentando sobrevivir sin romperse del todo.

Atentamente, vuestro Carlos Cobo