¿El tamaño importa?

Breve tratado sobre la manía humana de medirlo todo mal

Carlos Cobo

9/14/20263 min read

Joder, otra vez.

No puedo pegar ojo. Estoy en Siem Riep, Camboya, y tengo unos vecinos que follan como conejos. Me dan envidia, para qué engañarnos.

Bueno, al lío, que tengo algo que decir.

Dos mil quinientos años de filosofía occidental y nosotros seguimos haciéndonos la misma pregunta:

¿Pero cuánto te mide?


Es magnífico, sublime, espectacular…

La especie que descubrió la penicilina y fotografió un agujero negro sigue sacando una regla en cuanto se apagan las luces.

Claro que el tamaño importa, importa muchísimo.

Pregúntenle a un hombre. Todo hombre lleva dentro un pequeño arquitecto comparando columnas.

La suya, la del vecino, la de Trajano y la del tipo del gimnasio.

¿Por qué íbamos a construir el obelisco?

Eso no es arquitectura, es un faraón diciendo:

-¡MIRADME LA POLLA!

Después llegaron las catedrales, campanarios enormes, cúpulas gigantescas, torres que querían tocar a Dios. Incluso para hablar con un ser omnipresente el ser humano pensó:

-Más alto, mucho más alto, que así seguro que me escucha mejor.

Luego vinieron los imperios. Más tierra, más barcos, más soldados, más banderas clavadas en lugares donde ya vivía gente perfectamente tranquila hasta que apareció un imbécil con casco diciendo:

-Esto ahora es nuestro .

Llámenme loco, retrasado si quieren o incluso ambas si gustan, pero la historia universal, si uno quita las fechas es una competición de pollas con presupuesto público.

Roma quería ser grande, España quería ser grande, Inglaterra, lo mismo.

Napoleón quería ser grande y el pobre ha tenido que soportar años de chistes precisamente por lo contrario.

Después inventamos el capitalismo y conseguimos algo precioso:

Que también el número tuviera erecciones.

Más dinero, más metros cuadrados, más caballos en potencia, más megapíxeles, más pulgadas, más ceros, más seguidores, más almacenamiento, más polla digital.

Un millonario no compra un barco, compra una demostración de que su padre no lo abrazó lo suficiente. El problema viene cuando el barco ya no basta, ahí es cuando tiene que comprar otro barco para meterlo dentro del primero.

Os juro que eso existe, os lo juro por el chino que tengo delante fumándose un cigarro nocturno. Ahora ya sabéis que la civilización ha llegado al punto en que un hombre puede llegar a necesitar un barco para su barco.

Y aún así despertarse a las cuatro de la mañana pensando:

Quizá soy insignificante.

Spoiler:

Sí, lo eres. No pasa nada, todos lo somos. La diferencia es que algunos tienen barco y otros tenemos amigos con barco o, a veces, ni eso.

Lo que creo que todos tenemos claro es que hemos montado una industria para que se note lo menos posible. Ya sabéis, hablo de relojes, casas, coches... Todo enorme. Incluso ahora los currículums tienen que ser grandes, como las palabras que uno emplea.

Hay ejecutivos capaces de decir “ecosistema holístico transversal” para evitar reconocer que venden yogures que benefician al transito intestinal. ¿Veis?. Acabo de caer en lo mismo. Podría decir perfectamente que venden yogures para cagar mejor, pero me da cierta grandeza utilizar términos como "transito intestinal".

Me apetece meterme un poquito con los escritores. Menuda pandilla de primates midiendo.

-Mi novela tiene setecientas páginas.

Enhorabuena, el catálogo de IKEA también.

El grosor nunca garantizó profundidad. Si así fuera, la guía telefónica sería Dostoievski.

Y aquí estamos, orgullosos, midiendo pollas, midiendo hasta la inteligencia con un número inventado por otros monos.

Tooooodo enorme, todo descomunal.

Hasta que un día vas al médico y te dice mientras mira la pantalla.

-Mire, ¿ve esa mierda diminuta?. Mide tres milímetros y no debería de estar aquí.

Pues nada, toda tu vida midiendo a lo grande para que ahora te arrodillen tres milímetros.


El tamaño importa, nos equivocamos únicamente en una cosa:

Llevamos toda la puta historia mirando hacia lo grande, cuando casi todo lo que puede salvarte, hundirte, arruinarte o matarte, cabe en la punta de un dedo,




Un saludo, Carlos Cobo