Hoy eres fascista, mañana comunista… y nadie tiene ni puta idea de por qué

Opiniones rápidas, ideas vacías y una seguridad que no se sostiene en nada.

Carlos Cobo

4/19/20263 min read

Los lunes eres facha, los miércoles comunista, los viernes racista y los domingos, curiosamente, tiendes a la tolerancia.

Hay algo en la actualidad que me toca especialmente los cojones. Algo que me inquieta por encima de casi todo: el analfabeto sofisticado.

No es el ignorante clásico. Nosotros, los clásicos, al menos tenemos claro algo: sabemos que no sabemos. Este es distinto. Este consume información, maneja vocabulario político, ha interiorizado ciertos códigos culturales… y, sin embargo, no entiende prácticamente nada de lo que dice. Pero lo dice con una seguridad impecable. Con una convicción absoluta. Como si el lenguaje fuese suficiente para sustituir al pensamiento.

Un analfabeto sofisticado.

Cuando el lenguaje deja de ser un vehículo del pensamiento y pasa a ser un sustituto del mismo, lo que queda son palabras vacías.

Se han impreso términos como “fascista”, “racista” o “comunista” hasta la extenuación. Se utilizan para describir desde políticas fiscales hasta opiniones sobre educación, pasando por cualquier debate cultural de bajo nivel.

Resultado: han perdido poder descriptivo.

No nombran: sugieren rechazo.
No definen: clasifican emocionalmente.

Y lo más grave, es que ya no exigen conocimiento previo para ser utilizados. En el momento en que una palabra deja de exigir comprensión para ser empleada, deja de ser una herramienta intelectual y se convierte en un reflejo. Y una sociedad que se comunica por reflejos no piensa. Reacciona.

La superficialidad no es un accidente. Es una elección.

Entender de verdad implica renuncias que mucha gente no está dispuesta a asumir:

  • renunciar a la certeza inmediata

  • renunciar a la superioridad moral automática

  • renunciar a la comodidad de tener siempre razón

  • renunciar a la simplicidad

En resumen: renunciar a la mediocridad.

Pensar bien obliga a convivir con la duda, con la ambigüedad, con la posibilidad de estar equivocado. Y eso incomoda.

Así que se sustituye por una solución elegante en apariencia: etiquetar antes de comprender.

Algo que me preocupa, es la transformación de la discrepancia en una forma de agresión.

No estamos hablando de insultos evidentes. Estamos hablando de opiniones normales. Hoy, una afirmación mínimamente contraria puede percibirse como una forma de violencia simbólica. Y no es una exageración: es un cambio real en cómo se procesan los desacuerdos.

¿Por qué ocurre esto?

Porque la opinión se percibe como una extensión de la identidad.

Criticar la idea es criticar a la persona. Cuestionar el argumento es cuestionar su legitimidad. Y en ese marco, la defensa ya no es intelectual: es emocional.

Lo que se evita no es la opinión del otro, sino sus implicaciones.

Porque si esa opinión tiene algo de fundamento, aunque sea parcial, obliga a hacer algo extremadamente costoso: revisar tu marco mental.

Y eso vuelve a tener una implicación: :

  • aceptar que no sabes tanto como creías

  • desmontar certezas

  • reconstruir ideas

  • asumir contradicciones

Si, además, tienes la mente bien cerrada y eres más terco que una mula, esto se convierte en un proceso cognitivamente exigente y emocionalmente incómodo.

Así que se hace lo fácil:

Se bloquea.
Se ridiculiza.
Se etiqueta.

Y problema resuelto.

Te lo resumo: no hay nada peor que un ignorante al que le gusta serlo.

Ahora, viene lo que me preocupa de verdad. Estamos ante un deterioro claro de la conversación. Y esto es un claro síntoma de decadencia.

Cuando las conversaciones se vuelven banales, no es porque la gente no pueda hacerlo mejor. Es porque ya no considera necesario hacerlo. La banalidad no es una limitación. Es una adaptación. Si nadie te exige rigor, no desarrollas rigor. Si nadie penaliza la superficialidad, la superficialidad se convierte en norma.

Y cuando eso se generaliza, ocurre algo aún más preocupante: el pensamiento profundo empieza a parecer extraño, incómodo e incluso sospechoso.


Ya sabéis que me gusta saltar de un lado a otro, pero en mi mente todo está correlacionado.

¿Estáis atentos?. Ahí va la pelota.

Se habla mucho de la democratización del conocimiento. Internet prometía acceso al saber. Y lo ha cumplido. Pero también ha democratizado la ilusión de conocimiento. Hoy cualquiera puede leer titulares, ver fragmentos, consumir contenido superficial… y sentir que entiende temas complejos. Y no. No entiende absolutamente nada. Tiene fragmentos descontextualizados unidos por una narrativa emocional.

El problema es que eso basta para opinar. Y, peor aún, basta para sentirse legitimado para juzgar.

Durante un tiempo pensé que esto era un problema de educación. Me equivocaba, como de costumbre. Los ignorantes clásicos, además de saber que no sabemos, no tenemos ningún problema en reconocer que estábamos equivocados.

No es solo ignorancia. Es algo más grave: una renuncia activa al esfuerzo de comprender. Es una preferencia sistemática por lo simple frente a lo preciso. Por lo emocional frente a lo racional. Por lo rápido frente a lo riguroso. Y eso tiene consecuencias.

Una sociedad que renuncia a pensar con precisión no solo empobrece su conversación. Empobrece su capacidad de decidir. De juzgar. De construir.



Atentamente, vuestro Carlos Cobo