Hay algo que llevo demasiado tiempo queriendo decir.

Ya no aguanto más, soy…

Carlos Cobo

7/12/20263 min read

Espero que no hayas sido tan ingenuo de entrar pensando que iba a confesar mi homosexualidad. Siento romperte el corazón: sigo disfrutando como un niño de la compañía femenina.

Me escandaliza que casi nadie parezca echar de menos un mundo en el que algunas cosas no estaban en venta.

Todo tiene que producir algo, incluso el dolor.

Sobre todo el dolor.

El dolor, bien editado, vende muchísimo.

Una enfermedad ya no es solo una enfermedad: es una narrativa.

Una ruptura ya no es solo una ruptura: es una oportunidad de reconstrucción personal con buena iluminación.

Un salto en paracaídas ya no es una experiencia límite: es una metáfora barata sobre salir de la zona de confort.

La muerte de alguien cercano ya no exige silencio: exige una reflexión poderosa, preferiblemente con una foto en blanco y negro.

Hemos llegado a un punto ridículo y profundamente obsceno. Ya no sabemos vivir algo sin preguntarnos, aunque sea en voz baja, qué forma tendría si hubiera que contarlo.

Esa pregunta lo contamina todo.

No hace falta publicar, basta con imaginar el encuadre.

El mercado ya no necesita comprarnos, le hemos entregado nuestra conciencia en prácticas.

Gratis, con gran entusiasmo, con sonrisa de emprendedor y frase motivacional.


Lo verdaderamente perturbador no es que haya personas que conviertan su vida en contenido. Lo perturbador es que mucha gente solo empieza a comprender su vida cuando consigue convertirla en contenido.

Hasta entonces, parece confusa, incompleta, incluso mal aprovechada. Como si una experiencia no publicada fuera una especie de borrador.

Como si una emoción sin público fuera una emoción de segunda categoría.

Como si sufrir en silencio fuera una falta de visión estratégica.

Qué época tan enferma y qué elegante es su enfermedad.

Por otro lado, hablemos de la famosa frase “esto puede ayudar a alguien”.

La frase perfecta. La coartada moral del exhibicionismo contemporáneo.

“Lo comparto por si ayuda.”

Claro. Lo de posicionar, convertir, humanizar la marca, aumentar autoridad o transformar la herida en activo es secundario, ¿no?

No te preocupes. Estoy seguro de que al algoritmo tu desgracia le pondrá cachondo.

Nos gusta pensar que estamos denunciando el sistema mientras aprendemos a hablar exactamente en su idioma.

Y luego nos sorprende sentirnos vacíos. Pero el vacío no es un accidente. Es el resultado lógico de convertir el alma en una superficie comercial.

El problema no es que vendamos cosas. El problema es que ya solo respetamos aquello que puede comportarse como algo vendible.

Un pensamiento vale si genera reacción.

Un cuerpo vale si comunica disciplina.

Una vida vale si parece interesante.

Una herida vale si construye autoridad.

Una causa vale si tiene estética.

Una persona vale si sabe narrarse.

Quizá no estamos siendo víctimas de la comercialización total.

Quizá estamos colaborando con ella porque nos ofrece una forma sencilla de escapar del horror de ser nadie.

Ser mercancía tiene sus ventajas:

  1. Alguien puede desearte.

  2. Alguien puede elegirte.

  3. Alguien puede seguirte.

  4. Alguien puede comprarte.

Y para una sociedad aterrada por la irrelevancia, eso se parece peligrosamente al amor.

Y no, no nos vendemos por dinero. Lo hacemos por algo peor.

Por existir, por recibir una señal externa de que no estamos desapareciendo del todo. Por comprobar que nuestra vida, convenientemente empaquetada, todavía provoca algo en alguien.

Qué tragedia tan moderna: personas que quieren mejorar su distribución.

Personas que no buscan verdad, sino una versión de sí mismas con mejor rendimiento. Personas que no se preguntan quiénes son, sino qué podrían parecer si encontraran el formato adecuado.

Y lo más siniestro es que todo esto funciona.

Me pregunto si la última forma seria de rebeldía será esta:

existir sin demostrar.

Sentir sin compartir.

Sufrir sin capitalizar.

Vivir sin convertir la vida en material reutilizable.

Hacer, simplemente, sin buscar nada a cambio.

Ya no sabemos qué hacer con una experiencia cuando no puede convertirse en algo más.

Y esa es la derrota. No que todo se venda.

Sino que, cuando algo no se vende, empezamos a sospechar que quizá no valía nada.

Y no, no me olvido de mí.

Soy el cadáver que reconoce el olor de la sala.

Estoy denunciando el escaparate mientras limpio el cristal desde dentro.

No hay inocencia aquí. No voy a fingir superioridad moral. Sería demasiado fácil y demasiado falso.

Yo también estoy muerto. Como el resto.

Muerto en el sentido más contemporáneo de la palabra:

todavía respiro, todavía pienso, todavía deseo, pero una parte de mí ya ha aprendido a preguntarse cómo será recibida antes incluso de atreverse a existir.

Incluso nuestra lucidez necesita imaginar un público.

Incluso nuestra crítica busca una forma elegante de rendimiento.

Incluso nuestra incomodidad quiere encontrar una audiencia que la confirme.

Este texto no me absuelve.

Me delata, es una prueba.

La prueba de que incluso para hablar de la imposibilidad de vivir fuera del escaparate necesito colocarme, cuidadosamente, en uno.

Soy el muerto que describe el cementerio.

Nada más.


Con amor, Carlos Cobo.