Huyendo por el andamio

En honor a mi querido Pablo Real, un tipo con una profundidad extraordinaria, pero algo huidizo.

Carlos Cobo

1/15/20263 min read

La tercera guerra mundial se acercaba. Lo sabía porque mi vecino dejó de regar las plantas y empezó a acaparar papel higiénico, se estaba volviendo loco. Tenía tres ficus y una paranoia de proporciones bíblicas. Yo, en cambio, tenía una mochila con un calzoncillo y un libro de Cioran.

A los pocos días, empezaron a reclutar a gente en edad militar. Es decir, la mía. Treinta y un años, ligeramente sedentario, emocionalmente flojito y con el cuerpo de alguien que lee más de lo que corre. Vamos, el candidato perfecto para morir en una zanja por una causa que ni entiende ni la quiere entender.

Me llegó la carta un lunes, el sistema siempre sabe cómo y cuándo joderte. La abrí sin ningún tipo de ilusión. Era breve: “Usted ha sido seleccionado para formar parte del glorioso ejército de defensa nacional.” Glorioso. Como una diarrea con trompetas y tambores.

No pensaba ir, lo tenía claro. No por cobardía, sino por una profunda convicción ética: no pienso matar a nadie que no me haya interrumpido mientras hablo.

Mi plan fue totalmente absurdo. Subir al tejado y cruzar al edificio contiguo por un andamio abandonado. Sí, un andamio que llevaba tres meses colgando como una promesa incumplida del ayuntamiento.

El andamio crujía lo suficiente como para tenerme preocupado. Cada paso era una discusión entre mi peso y la gravedad. Abajo, la ciudad gritaba. Arriba, yo me cagaba, metafóricamente, aunque por momentos sentí la amenaza literal.

Y de repente, al otro lado del andamio, un soldado. Pero no de los malos. Uno como yo. Flaco, con gafas, cara de lector. También huía. Nos miramos con esa complicidad que tienen los fracasados cuando se reconocen..

Conseguimos refugiarnos en un centro comercial abandonado. De esos con máquinas de donuts que aún funcionaban como una parodia del colapso. Éramos doce. Once hombres y una mujer ucraniana con un acento bastante gracioso y un cuchillo más grande que su brazo. No tardó en ganarse nuestro respeto, tenía más agallas que cualquiera de nosotros.

Allí nació una especie de comuna. Una comuna de desertores.
Dormíamos en la sección de colchones. Nos turnábamos para vigilar los accesos y ver si venía alguien a obligarnos a creer otra vez en la patria.

Lo que había empezado como una huida se volvió sociedad.
Repartimos tareas. Decisiones por votación. Provisiones racionadas.
La democracia nos alcanzó, incluso en nuestra miseria.

No tardé mucho tiempo en saber que todo estaba perdido. Porque incluso entre desertores, la maquinaria de la estupidez se cuela como moho por las grietas.

Uno de los nuestros, ingeniero, propuso construir un refugio subterráneo.
Otro, que había sido psicólogo, sugirió sesiones grupales.
Yo les dije que éramos mejores huyendo que pensando.
No me entendieron. No lo suelen hacer.

Nada es para siempre y la comuna, no era la excepción. Cayó una madrugada. No por el ejército. Por nosotros. Alguien denunció. Por celos, por hambre, por aburrimiento, a saber.
Los drones vinieron como mosquitos asesinos.
Nos cazaron como si fuéramos ratas.

Me llevaron a un centro de “reinserción patriótica”. Era una mezcla entre campo de entrenamiento y retiro espiritual. También había terapias con lenguaje inclusivo,
marchas al amanecer y videos motivacionales con música y banderas al viento.

Nos reeducaban para amar lo que odiábamos: la pertenencia, la causa, la bandera.

Muchos cayeron. Yo no.

No porque fuera fuerte. Sino porque me volví transparente. Respondía lo que querían oír.
Corría sin pensar y gritaba consignas.

Y un día, me dejaron salir.
Libre. Patriota certificado.

Ahora camino por la ciudad reconstruida. Llena de banderas, de eslóganes, de niños que juegan a ser soldados.

Ya nadie habla de la guerra, no porque la hayamos superado, sino porque nos enseñaron a olvidarla. Como también nos enseñaron a olvidar lo que era vivir.


Con cariño, vuestro Carlos Cobo