La epidemia de lo intacto
Estamos jodidos
Carlos Cobo
5/10/20262 min read
Lo más aterrador no es que existan hombres rotos. Lo verdaderamente aterrador es la cantidad de hombres intactos.
Hombres perfectamente funcionales, higiénicos, adaptados.
Hombres que jamás han sentido el impulso de destruir su propia vida para comprobar si todavía estaban vivos.
Un triunfo absoluto del sistema. Una sociedad no se sostiene gracias a la bondad. Se sostiene gracias al agotamiento.
La gente no obedece porque crea, obedece porque llega demasiado cansada al final del día como para preguntarse quién demonios decidió la forma correcta de vivir.
Y van pasando los días, las semanas, los meses, los años.
Las ciudades se llenan de personas que ya no desean nada realmente. Solo administran pequeñas dosis de placer para no suicidarse: series, compras online, un viaje mediocre en verano, sexo mecánico, algún vino caro para sentirse sofisticados mientras hablan de libertad desde apartamentos que necesitan pagar durante treinta años.
Todo cuidadosamente diseñado para impedir el silencio.
Soy un gran fan del silencio, el silencio es peligroso. Permite escuchar la verdad. La verdad es que una parte enorme de la población no está viviendo, está amortiguando la caída.
Ese vacío denso que aparece cuando se apaga la pantalla, cuando termina la música, cuando la cama queda fría y ya no queda ninguna notificación que consultar para distraerse de uno mismo.
Ahí empieza el problema.
El ser humano puede soportarlo casi todo excepto una cosa: descubrir que ha construido su identidad entera alrededor de mecanismos de evasión.
La productividad convertida en religión para no pensar.
El gimnasio convertido en estética.
La hiperestimulación constante.
La necesidad patológica de mostrarse feliz.
La incapacidad de permanecer una hora solo sin sentir la necesidad de anestesiar la conciencia con ruido.
La mayoría no tiene miedo a morir, tiene miedo a quedarse quieta.
Quedarse quieto demasiado tiempo produce una grieta. Y por esa grieta entra algo insoportable: la sospecha de que quizá todo esto, las rutinas, las ambiciones, los objetivos cuidadosamente planificados, no era vida, sino una sofisticada estrategia para evitar el vértigo.
Por eso las personas hablan tanto. Hablan para no escuchar.
En la conversación contemporánea nadie dice nada, pero todo el mundo produce sonido. Opiniones instantáneas, indignaciones prefabricadas, humor reciclado, frases diseñadas para sobrevivir socialmente sin mostrar nunca el interior real.
La sinceridad absoluta se ha convertido en una forma de terrorismo.
Quiero que por un momento te Imagines una cena.
Doce personas alrededor de una mesa. Vino, risas. éxito profesional, vacaciones planeadas, típicos comentarios políticos para simular profundidad intelectual.
Y de repente, cuando todo parecía normal, alguien dice la verdad.
“Creo que llevo años viviendo una vida que no me interesa.”
Boom, destrucción inmediata de la atmósfera.
El problema de la verdad no es que sea dolorosa. El problema es que rompe la coreografía.
La civilización moderna funciona gracias a acuerdos tácitos de superficialidad.
Yo fingiré estar bien si tú finges estar bien. Yo no mencionaré tu vacío si tú no mencionas el mío.
Y así seguimos.
Personas enteras dedicando décadas a convertirse en versiones aceptables de sí mismas.
Limándose poco a poco, eliminando todo lo excesivo, lo incómodo, lo peligroso, lo impredecible.
Hasta que finalmente se convierten en individuos completamente compatibles con el mundo.
Y completamente incompatibles consigo mismos.
Lo más inquietante es que el sistema ya ni siquiera necesita imponer nada por la fuerza.
La domesticación perfecta es aquella que el individuo confunde con personalidad.
La gente llama “madurar” a apagar partes esenciales de sí misma.
“Estabilidad” a la renuncia organizada. “Normalidad” a un nivel de tristeza estadísticamente compartido.
Tal vez la ansiedad contemporánea no proviene de tener demasiados problemas.
Sino de intuir, en algún rincón del cuerpo, que estamos viviendo de una forma profundamente antinatural y fingiendo que eso no tiene consecuencias.
Atentamente Carlos Cobo
