La gilipollez viaja con pasaporte
Dicen que viajar te abre la mente.
Carlos Cobo
11/1/20263 min read
Buenas tardes. Espero que os encontréis bien, o al menos la mitad de bien que me encuentro yo. Hoy tengo ganas de hablar de gente GILIPOLLAS.
Cuanto más viajo, más se me cierra la mente. Sobre todo la parte que todavía albergaba cierta esperanza en la especie humana. He llegado a una conclusión después de recorrer unos cuantos países: el mundo está lleno de gilipollas y lo fascinante es su extraordinaria capacidad de adaptación.
Los tenemos de todas las nacionalidades, religiones, colores y clases sociales. Los hay con turbante, con corbata, con túnica, con pantalones de lino y con camisetas de doscientos euros que parecen compradas en un mercadillo. Te encuentras a muchos tipos de gilipollas: están los que comen con palillos, los que comen con las manos y los que utilizan cinco cubiertos para demostrar que son gilipollas con extraordinarios estudios. Muy útiles, por cierto.
Cambian las costumbres, los idiomas, las monedas y los dioses; pero la gilipollez permanece intacta, como una especie de patrimonio de la humanidad que nadie ha solicitado proteger, pero que todos contribuimos a conservar. Y, además de todo esto, la muy cabrona es democrática, extremadamente democrática. Puedes encontrar a un gilipollas en un hotel de lujo y a otro durmiendo en una hamaca. Uno presume de su dinero y el otro presume de no necesitarlo. Ambos están convencidos de haber entendido algo tan fundamental sobre la vida que los demás, pobres estúpidos, ignoramos completamente.
A ver, hay muchísimos gilipollas, como ya os he comentado. Para mi desgracia son incontables, o al menos hasta donde mis conocimientos me dejan contar. Pero si me tengo que quedar con uno, no elegiría al espiritual que viaja diez mil kilómetros para encontrarse a sí mismo y vuelve exactamente igual, pero con tatuajes en sánscrito. Tampoco al cosmopolita que ha visitado cincuenta países y no ha aprendido a escuchar a una sola persona. Aunque os sorprenda, tampoco me quedaría con el que grita en su idioma cuando no lo entienden, convencido de que el problema de comunicación internacional es una mera cuestión de volumen.
Mi favorito es el gilipollas que no se mueve de su pensamiento cerrado. Aquel que no es capaz de cambiar de parecer porque, ante todo, está su supuesta creencia basada en una sólida sapiencia. Que le jodan, le odio.
Siempre he tendido a pensar que la ignorancia era un problema, pero ahora creo que no. Ser ignorante tiene remedio. Lo verdaderamente peligroso es ser gilipollas y estar convencido de que se posee una sabiduría excepcional. El gilipollas no duda, no escucha, no aprende; simplemente cambia de escenario. Puedes llevarlo a un monasterio budista, a la selva o a contemplar las ruinas de una civilización milenaria, que regresará con quinientas fotografías, tres frases profundas y exactamente la misma cantidad de gilipollez con la que salió de casa.
Me quedo con una frase muy buena. Me la dijo un tipo tailandés — el cual hablaba tailandés, vamos, que le atribuyo una frase que no dijo, pero que me apetece atribuírsela porque me sale de los cojones—: La experiencia no siempre nos transforma. A veces solo nos permite ser idiotas en lugares más exóticos.
Puede que incluso en mis momentos funcionales tenga un poco de magia.
Tengo que confesaros que también he conocido a personas maravillosas: gente generosa, inteligente, humilde. Personas capaces de reconciliarte durante unos minutos con la humanidad. El problema con esta gente es que suele hablar bajito, mientras que el gilipollas dispone de un sistema de amplificación incorporado.
Soy observador por naturaleza y hay algo que empieza a preocuparme. En todos los países que he visitado, sin excepción, siempre hay al menos un gilipollas cerca de mí. En los restaurantes, hoteles, aviones, templos... Siempre hay uno. Últimamente empiezo a sospechar que la estadística intenta decirme algo. A lo mejor viajar sí abre la mente, lo justo para descubrir que el único gilipollas del que nunca consigues alejarte eres tú.
Y encima te toca pagarle el billete.
Un saludo,
Vuestro Carlos Cobo.
