La noche en que nadie la eligió

Kampot, Camboya, Septiembre 2026

Carlos Cobo

9/12/20262 min read

Esta noche, en Kampot, ciudad en Camboya, conocí a una puta.

Escribo puta porque maquillarlo con bellas palabras sería una forma de apartar la mirada.

Andaba sola, muy arreglada, llevaba unas gafas con forma de corazón. No podía esconder su lado más infantil.

Le pregunté qué hacía allí y me respondió que estaba esperando, que iba de bar en bar y cuando no tenía clientes se sentaba a beber, esperando a que algún hombre la invitara a una copa y la eligiera.

Esa palabra me jodió, quizá porque normalmente uno quiere que lo elijan para cosas hermosas, para un equipo, para un trabajo, para un beso, para quedarse…

Ella necesitaba que la eligieran para sobrevivir.

Hay algo podrido en un mundo donde una persona puede temer ser utilizada y, al mismo tiempo, necesitar que alguien quiera utilizarla.

Le invité a una cerveza, nada más, no quería acostarme con ella, tampoco tenía intención de salvarla, una cerveza no salva a nadie.

Hay cierta arrogancia en pensar que porque tratas decentemente a alguien durante media hora has reparado algo. No nos engañemos, no has reparado una mierda.

Simplemente, quería que bebiera una cerveza sin tener que pagarla después con el cuerpo.

Terminamos echando un par de partidas al billar.

Éramos las cuatro patas de una mesa, mi hermano, Rony, el conductor del tuktuk, mi persona y ella, de cuyo nombre me resulta imposible acordarme, un nombre jemer, un nombre que intenté pronunciar 5 veces y las 5 veces debí parecer retrasado…nada nuevo en la casa del señor…

Parecía el comienzo de un chiste, pero nadie contó el final.

Jugamos, bueno, lo intentamos.

Bebimos, con mesura.

Sonreímos, ella sonrió.

No fue una sonrisa profesional que algunos trabajos te obligan a clavarte en la cara.

Me gustó verla sonreír por pequeñas estupideces que no significan nada y, por eso mismo, a veces significan todo.

La miré con el taco entre las mano y pensé que cinco minutos antes, para mí, era una puta.

Probablemente, para ella, mi hermano y yo éramos dos posibles clientes.

El otro hombre era un conductor de tuk tuk.

Cuando el mundo va con prisa funciona así:

Puta

Cliente

Tuk tuk

Turista.

Cuatro palabras, cuatro jaulas.

Durante la partida ocurrió algo ridículo. Las etiquetas dejaron de servir.

Ella ya no era la mujer que esperaba ser escogida. Era la cabrona que acababa de meter una bola complicada.

El conductor no era un vehículo con piernas. Era el tipo que se reía de nosotros.

Mi hermano era mi hermano. Un tipazo increíble.

Y yo, yo era el malo de los cuatro.

No sé, puede que esté romantizando aquel momento. Lo he pensado en varias ocasiones. Puede que su sonrisa fuera trabajo, puede que fuéramos clientes potenciales. Quizá mientras yo creía que estábamos entre amigos, ella seguía calculando si alguno terminaría pagando por algo más.

Imagino que nunca lo llegaré a saber.

Terminamos la partida, la cerveza se acabó y… ahí regresó la realidad.

Nosotros nos fuimos, ella, bueno, probablemente tenía que quedarse.

Nosotros estábamos pasando la noche, ella estaba intentando ganársela.

Mañana su vida seguirá siendo su vida. La nuestra, nuestra, pero durante una cerveza ocurrió algo:

Nadie la eligió, nadie la compró, nadie esperó nada de ella. Durante una partida de billar no fue una puta, fue una chica jugando al billar.

Y lo verdaderamente miserable no es que eso me pareciera hermoso, lo verdaderamente miserable es que en este mundo tratar a una persona como persona, puede parecer algo extraordinario.


Un saludo, vuestro Carlos Cobo