No hay mayor fidelidad que la de un pedo mochilero

Hay pedos que se van. Y hay otros que vuelven para recordarte que en esta vida casi nada desaparece del todo.

Carlos Cobo

3/15/20264 min read

Las cosas no desaparecen, se transforman.

La materia cambia de forma, se desplaza, insiste. Nada muere del todo; simplemente encuentra otra manera de incomodar. El pedo mochilero es la versión más humilde, más traidora y más sincera de ese principio universal.

Porque hay pedos que estallan y se van. Cumplen con su trabajo sucio y desaparecen con una dignidad profesional. Pero el pedo mochilero no. El pedo mochilero tiene vocación de recuerdo. Tiene ética de fantasma. Tiene una fe ciega en la permanencia.

Tú lo sueltas y él decide acompañarte.

Como un perro, como un trauma, como una ex con tiempo libre.

Y de pronto entiendes algo esencial: no todas las consecuencias se quedan donde las dejamos. Algunas nos siguen y tienden a oler.

Hablemos de la teoría general del rastro humano, los animales dejan huellas en el barro, los humanos dejamos huellas en el tiempo.

Una palabra dicha con desgana, un gesto torpe, una promesa que hicimos por cobardía, un abandono administrado con aparente elegancia.

Todo eso se queda flotando en los lugares donde estuvimos.

Por eso el pedo mochilero resulta, a mi parecer, filosóficamente impecable: demuestra que incluso lo invisible puede perseguirte con una disciplina admirable. No porque el gas sea inteligente. No hace falta atribuirle un máster ni conciencia política. Basta con entender que las consecuencias suelen ser bastante más persistentes que nuestras intenciones.

Uno cree haber cerrado el asunto al levantarse de la silla, al salir del baño, al abandonar el pasillo con expresión neutral y un mínimo de decoro. Pero no. El pedo mochilero piensa distinto. Cree en el seguimiento. Cree en la responsabilidad histórica. Cree, sobre todo, en recordarte que lo que produces digestivamente, emocionalmente o incluso políticamente no desaparece solo porque cambies de habitación.

El gas permanece y tú también, aunque a veces te gustaría no hacerlo.

El pedo común tiene una ética simple.

Explota. Se disipa. Fin de la historia.

Es un nihilista. Un hedonista del instante. Un anarquista gaseoso. No deja legado, no construye relato, no aspira a la posteridad. Sale, golpea, se marcha. Casi dan ganas de respetarlo.

El pedo mochilero, en cambio, cree en algo más turbio: la continuidad.

Es el notario del cuerpo, el archivista del exceso.
La prueba olfativa de que nuestros actos no terminan cuando nosotros decidimos dar el asunto por zanjado.

Ahí reside su grandeza moral. El pedo mochilero no te humilla por placer. Te educa. Te susurra, con una voz que apesta: “Eso que creíste dejar atrás sigue contigo, campeón”.

Y no hay refutación posible.

Puedes acelerar el paso, incluso puedes mirar alrededor con cara de ciudadano limpio.Pero en el fondo sabes la verdad. El culpable siempre lo sabe.

Donde el fenómeno alcanza una dimensión verdaderamente sublime es en el espacio compartido: ascensores, pasillos, bibliotecas, vestíbulos de hotel, recepciones de hotel (me declaro culpable, me confié en exceso). Lugares donde el ser humano aún se aferra a la ficción de la convivencia civilizada.

Entonces ocurre el milagro.

El culpable sabe que es culpable, los demás sospechan, pero nadie tiene pruebas.

Y en esa ausencia de pruebas nace el juego más refinado de la vida moderna:

Miradas neutrales, mandíbulas tensas, respiraciones interrumpidas, pequeños desplazamientos laterales con apariencia casual.Una tos preventiva. Un pestañeo que intenta disimular el juicio moral.

Nadie dice nada, porque la civilización consiste, en gran medida, en callar justo aquello que más claramente está sucediendo.

El pedo mochilero convierte a los presentes en filósofos del absurdo.

Todos saben, nadie puede demostrar nada. La verdad flota entre ellos como una democracia fracasada.

Pero el momento decisivo no es la emisión.

Es el retorno.

Ahí empieza la metafísica de verdad. Uno avanza por el pasillo convencido de haber sobrevivido al incidente. Incluso puede aparecer cierta euforia: la del criminal mediocre que cree haber borrado sus huellas. Caminas dos metros. Quizá tres. Recuperas la dignidad. Te permites volver a ser persona.

Y entonces sucede. Maldito hijo de puta, aquí está otra vez el maldito olor, el mismo, el inconfundible, el más fiel sabueso químico.

En ese instante el alma se encoge un poco, ha dejado de parecer un gas para pasar a ser destino.

Hay algo profundamente desmoralizador en descubrir que tu propia producción atmosférica te ha alcanzado. No solo porque el cuerpo te traicione, sino porque lo hace con una precisión casi literaria. Como si el universo, aburrido de las grandes tragedias, hubiese decidido recordarte mediante el ano una verdad elemental:

LA IDENTIDAD NO ES UNA IDEA ABSTRACTA

La identidad es eso que se arrastra contigo aunque cambies de escenario, de ropa o de discurso.

Aquí va un consejo práctico que no me pienso aplicar, rara vez aplico ninguno. En realidad, para eso sirven los consejos: para darlos con solemnidad y traicionarlos con entusiasmo a la primera ocasión.

La próxima vez que te siga un pedo mochilero, no huyas de inmediato. No te precipites a negar los hechos como un ministro en rueda de prensa. Detente un segundo. Camina unos pasos. Huélelo de nuevo. Y justo cuando estés a punto de desear una muerte rápida, hazte una pregunta que casi nunca nos hacemos con honestidad:

¿Cuántas cosas en mi vida siguen oliendo porque nunca me hice responsable de ellas?

Ahí está la cuestión. En el rastro.

Hay errores que se evaporan.
Y hay otros que te escoltan.

Bueno y por último me gustaría poner un poco de cordura y añadir un pensamiento final para gente con poco miedo y mala digestión

La filosofía occidental se ha pasado siglos haciéndose preguntas con un prestigio quizá excesivo:

¿Existe Dios?, ¿qué es la verdad?, ¿somos libres?

Preguntas correctas, supongo. Respetables añado. Muy útiles para obtener cátedras, arruinar sobremesas y vender libros con portadas bastante feas, por cierto.

Pero casi nadie se ha atrevido con la pregunta verdaderamente decisiva:

¿Por qué algunos pedos deciden seguirnos?


PD: fui yo. Siempre soy yo. Y, por supuesto, siempre culparé al que tenga cara de buena persona.



Os quiero, Carlos Cobo