Soy hijo del error

Que Dios me perdone. O no.

Carlos Cobo

12/2/20253 min read

Para los morbosos que han venido solo a ver si soy un hijo no deseado:
No.
Ni accidente biológico, ni anécdota de cama, ni producto de una resaca...
Según cuentan, fui planificado, esperado y, lo más absurdo de todo, presentado en sociedad como un triunfo.

Pero no he venido a hablar de mí.
O sí.
Os voy a contar una historia. La típica historia de “un amigo de un amigo”, ya sabéis: esa fórmula con la que uno intenta disimular que está a punto de contarse a sí mismo.

Quizá sea verdad. Quizá no. Quizá me la contaron. Quizá la viví.

Pensad lo que queráis.

Acertaréis. O no.

Y sinceramente, me importa una mierda.

De adolescente parecía listo. De vez en cuando leía a Sarte, discutía sobre política, pensaba que entender el dolor era casi lo mismo que no sentirlo. El chaval no se drogaba, hacía deporte y no follaba. Al final, simplemente tenía opiniones. Y una virilidad tan frágil que se rompía con solo mirarla.

Una noche acabó en un puticlub con tres amigos que no necesitaban excusas. Él sí. Dijo que iba por curiosidad sociológica. Un proyecto personal sobre antropología. No sé, imagino que en su mente sonaba bien.

El local era exactamente lo que uno puede imaginar de un puticlub: luces rojas, olor a perfume barato y música que no se baila. Las mujeres parecían sacadas de un catálogo de frustraciones. Ninguna sonreía con ganas. Él las miraba como si fueran obras de arte rotas.

Y entonces apareció ella.

No era la más guapa. Ni la más joven. Ni la más simpática. Pero tenía esa mirada, esa especie de cansancio lúcido, como si todo lo que fueras a decir ya lo hubiera oído mil veces pero aún así te iba a escuchar. Se llamaba Laura. O decía llamarse Laura. Y él, sin entender muy bien cómo ni por qué, la eligió.

Subieron. Pagó. Y pasó lo que tenía que pasar, bueno, más o menos. Pero lo que de verdad le desarmó no fue el sexo, que según cuenta fue torpe y mecánico. Lo que le desarmó por completo fue lo que vino después: el silencio. Ese silencio incómodo con ella sentada en la cama, encendiéndose un cigarro como si no estuviera desnuda, como si no le importara.

Él volvió. No por sexo. Por conversación. Por el modo en que ella lo miraba sin esperar nada. Por cómo fumaba. Por cómo no intentaba seducirle. Le contaba cosas. Él también. Le llevó libros. Le prestó un disco. Le habló de su madre. De sus miedos. Le preguntó qué haría si pudiera dejarlo todo. Ella nunca respondía del todo, pero lo escuchaba. Y eso, parece ser que le bastaba.

Con el tiempo empezó a creer que ella sentía algo. Que él no era como los demás. Que había conexión. Empezó a pensar en ella fuera del local. A imaginarla en su casa, con ropa de verdad, riendo de verdad.

Un día le dijo que la amaba. No con flores. Con torpeza. Y ella se rió. Una risa seca. No cruel, pero definitiva. Como si dijera: "Ay, pobre imbécil".

Según me contó el amigo de mi amigo, nunca más volvió.

Pasaron meses. Años. Y un día, en un Mercadona, la vio. Iba con un carrito y un niño que le tiraba del jersey. Iba sin maquillaje. Sin tacones. Sin Laura. Solo una mujer más, con bolsas y una lista de compras. Se cruzaron. Lo miró. Y no lo reconoció.

Y fue ahí, en medio del pasillo de los yogures, donde lo entendió todo. Que no fue especial. Que no fue visto. Que no fue amado. Fue tolerado. Útil. Fue una pausa en la jornada laboral de una mujer que sabía mentir con delicadeza. Que supo fingir lo justo para que él creyera que estaba sintiendo algo.

Desde entonces, el amigo de mi amigo, nunca volvió a pagar por ternura. Ni a creer que querer salvar a alguien es lo mismo que quererlo. Aprendió que hay errores que no son lecciones. Y que hay personas que no te rompen porque te odien, sino porque simplemente, no les importas.

Ser hijo del error no es una condena. Es una forma de estar en el mundo. De entrar tarde, de salir pronto, de quedarse a medias en todo. Y ese día, viendo a la mujer que una vez creyó amar buscar entre los descuentos de un supermercado, entendió que la mayoría de nuestros grandes sentimientos son malentendidos que nadie se molesta en corregir.

En definitiva, hay errores que no se superan.

Se convierten en parte de quien eres

Como el nombre.

Como el cuerpo.

Como Laura.


Atentamente, vuestro Carlos Cobo