Venezuela: El imperio golpea, el pueblo paga la cuenta y la historia vomita
Carlos Cobo – Ciudadano con náuseas estructurales
Carlos Cobo
1/7/20263 min read
Han pasado unos días.
Días suficientes para que los medios reciclen titulares, los analistas simulen certezas y el algoritmo vuelva a escupirte vídeos de milagros fitness y brownies de proteína.
Pero algo quedó.
Algo huele distinto.
En Venezuela y entre los que huyeron el aire ha cambiado. No hablo de meteorología. Hablo de esa presión en el pecho que algunos todavía llaman esperanza. Una emoción que llevaba enterrada más de veinte años, bajo ruinas ideológicas, colas interminables y una tristeza tan vieja que ya dejó de doler: se respira.
Antes de nada, me gustaría decirles a todos aquellos que se han llevado las manos a la cabeza por lo sucedido que no tienen de qué preocuparse. Me atrevería a decir que la mayoría de los venezolanos no están celebrando a Estados Unidos. No ondean banderas gringas ni recitan alineaciones de la NBA con lágrimas patrióticas. Lo que sienten es otra cosa: alivio, una fisura, una mínima ruptura. Después de veinticinco años de deterioro programado, eso ya roza el milagro laico.
Pero venga.
Echemos leña al fuego, que el médico me prohibió el aburrimiento.
El tipo de pelo naranja, cara de caricatura despertó a la parejita feliz en un santiamén. Cuando quise lavarme la cara ya estaban en una cárcel estadounidense de visita, convertidos en trofeo diplomático y capítulo de serie. La versión cara de Amar en tiempos revueltos.
Las malas lenguas dicen que en países de primer mundo y ningún venezolano, salieron a protestar indignados porque el emperador se saltó el derecho internacional. Al parecer, llegó a Venezuela, miró alrededor y dijo: “Bonito jardín" , voy a plantar mis tulipanes.
Qué cosas.
Debe ser que no habían oído hablar del rol de la inteligencia cubana incrustada en el aparato de control, de los vínculos con Moscú, del crédito de China atado al petróleo, ni de las redes nebulosas que conectan con Hezbollah.
Veinticinco años de penetración externa… pero, claro, la violación acaba de empezar.
Hablemos del petróleo, del oro y de todo aquello que suena a recurso fácil al que agarrarse. Honestamente, no espero mucho de nadie, pero tampoco hace falta un doctorado para saber que el muñeco naranja va a exprimir a la vaca lechera hasta dejarla seca.
EE. UU. anuncia que controlará las exportaciones “en beneficio del pueblo”. Os traduzco: en beneficio de quien tenga la máquina, el barco y el mercado.
China se enfada porque le cierran el grifo.
Rusia gruñe.
Irán hace cuentas en silencio y Europa contempla, preocupada, desde su spa geopolítico de relevancia decreciente.
Y, mientras tanto, al venezolano de a pie, me juego un brazo, le importa un carajo quién venda el petróleo. Quiere otra cosa: un futuro que no parezca una broma cruel. Poder imaginar una vida que no sea una fila interminable.
Voy a sincerarme: soy completamente disfuncional. Cuando escribo, lo hago como me sale de las pelotas. Salto de un tema a otro y cambio de dirección cuando me da la gana.
¿Alguien le preguntó al contribuyente americano si quería gastar miles de millones en otra aventura exterior?
No.
Nadie le pregunta nunca al pueblo.
Ni en Washington. Ni en Bruselas. Ni en Buenos Aires.
El ciudadano promedio es un esclavo elegante: paga, calla, vota de vez en cuando y a veces ni eso o incluso a veces, en algunos países, como en el protagonista de esta historia, cuando lo hacen, se manipulan. Al final del día, al ciudadano le regalan una banderita con la palabra “libertad”. Si protesta, le explican que “es complejo”. Si insiste, lo distraen. Y si se enfada demasiado, le llaman radical.
Porque si algo une a derechas, centros, izquierdas tibias y libertarios con acné es lo siguiente:
el pueblo no decide; el pueblo paga la cuenta.
Y si no te gusta, siempre puedes llorarlo en una red social.
La pregunta moral que no sirve
¿Está bien lo que ha pasado?
¿Es legal?
¿Es justo?
No tengo ni puta idea.
Peor: no sé si importa.
Escribo desde un sofá cómodo, con el estómago lleno. Mi opinión pesa menos que una bolsa vacía. Yo no duermo en una azotea de Maracaibo rezando para que no corten la luz.
La única autoridad moral que acepto es la del que vive allí, o la del que se fue con lo puesto.
Y aun así, sospecho que ni ellos quieren juzgar: solo quieren vivir sin miedo. Dormir. Soñar sin sobresaltos. Volver a hablar del futuro sin sentir vergüenza.
¿Y ahora qué?
Ahora nada.
Ahora empieza el tramo más largo y aburrido: gestionar la esperanza.
Veremos al poder cambiar de manos, o no.
Veremos constituciones, reformas, promesas recicladas, o no.
Veremos a los mismos de siempre ponerse trajes nuevos.
ONG brotando como hongos.
Periodistas redescubriendo que Venezuela existe.
Diplomáticos compitiendo por la foto.
Contratos que se firman en habitaciones donde la palabra pueblo sirve de adorno.
Veremos todo eso.
Y lo olvidaremos.
Hasta la próxima crisis.
Hasta el próximo país.
Hasta la próxima factura que pagaremos sin que nadie pregunte.
Conclusión (si es que merece ese nombre)
Tal vez la esperanza , esa que lleva décadas enterrada bajo miseria y traición sea solo un parpadeo.
Pero incluso un parpadeo, en el infierno, puede parecer la primera luz del alba.
Atentamente, vuestro Carlos Cobo
